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12-10-2008
OCIO Y CULTURA
Morente clausura la Bienal y el cante
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Ábrase la tierra que me quiero morir. Porque el cante de Enrique Morente no es una cosa lógica. Es tan cabal, tan intelectual, que estoy dispuesto a escribir que no tiene par
Ábrase la tierra que me quiero morir. Porque el cante de Enrique Morente no es una cosa lógica. Es tan cabal, tan intelectual, que estoy dispuesto a escribir que no tiene par. Ni siquiera el propio Enrique lo iguala. Que ésa es su brujería. Cantar siempre nuevo. Distinto. Buscando cosas que ni él mismo sabe dónde están una milésima antes de ir a por ellas. Morente es un prestidigitador de las melodías. Es un agujero negro en el que está todo. Es un libro abierto y un profano que va más allá del misterio de su voz. Porque su garganta ya no suelta haces de luz. Es más bien oscura. Pero qué oscuridad. Ábrase la tierra que me quiero morir ahí, en esa negrura infinita. Quiero morirme en cada tercio de su soleá apolá porque, a pesar de la hiperbólica reverberancia del sonido que a veces convertía las letras más viejas en ininteligibles, toda la matriz de Triana está en su pescuezo. Y Silverio. Que yo no he visto cantar a nadie la soleá petenera con tanto carisma. Así que voy a decir ya lo que quiero decir: Enrique Morente no ha venido a Sevilla a rendir tributo al pasado. Ha venido a exhibir su obra tradicionalista, que no es ni de Franconetti ni de Chacón. Es suya. Porque él canta como le sale de las entrañas. Rosa, si no te cogí, fue porque no me dio la gana. El de Graná sabe muy bien dónde están los rosales. Pero quiere que la flor de su cante huela a Morente. Y huele. Huele la cabal de Silverio a lo que a él le place. Anoche olió de una manera y mañana olerá de otra, pues Enrique es incapaz de repetirse. Pero ábrase la tierra que me quiero morir escuchándole el infinito glosario de recursos que tiene por alegrías. Y la biblia pavonera por tientos. Y las malagueñas. Vamos a pararnos un poquito en las malagueñas. Que el espíritu chaconiano está vivo porque a él le ha salido de las entretelas. Dios mío de mi alma, ¿quién se acuerda de la del Perote? «Yo soy como aquel barquito / que siempre va de tormento. / Cuando no lleva penitas / va lleno de sentimiento». Pero lo más grande lo dice acordándose de su tocayo de Cai. El Mellizo. Los sitios en los que Enrique se recorta y lanza después el grito no se pueden explicar aquí. Yo no puedo. A lo máximo que llego es a decirle un ole para adentro, que los oles que se escuchan no son para el artista, sino para uno mismo. Qué homenaje a Cádiz. Al centenario de la constitución del cante. A Enrique el de la seguiriya. Al olvidado Juan Mojama. A Tomás el Nitri por aquella ventana que al campo salía. Al macho del Mellizo cuando todo se le viene en contra. La edad, el tiempo, el flamenco. Nada puede con lo que Enrique Morente tiene en sus vísceras. Porque no es sólo un aficionado. Es un creador. Una fuente de la que habrán de beber quienes quieran seguir siendo jondos. Pero no porque haya que mirar atrás, sino porque hay que mirar a lo bueno. Aquí nadie está hablando de nostalgia, sino de clasicismo. De respeto a las esencias. Y Enrique es un clásico porque tiene su propia obra. Y porque la ejecuta de una forma inenarrable.

Yo no lo entiendo. No sé cómo se puede cantar tan metido en el meollo cuando el brío ya no te respalda. Ya sólo —¿sólo?— te respalda el talento. El arte. Y te auxilia el toque de Pepe Habichuela, que está siempre donde tiene que estar sin padecer jamás de anquilosamiento. Porque no hace falta más que eso: talento y conocimiento. Por este orden. Una garganta y una bajañí. Y la soledad. El cante. El litigio del hombre contra la música. Ya está. Todo lo demás viene solo, de forma natural, sin buscar. Directamente encontrando. Por eso Enrique es la columna vertebral del flamenco de su tiempo. Porque no impone nada. Canta y que sea lo que dios quiera. Se derrama en «La aurora de Nueva York», que es el omega del cante si el alfa es la cabal de Silverio. Porque Enrique tampoco se esconde para decir lo que le escribió Picasso: «Yo he nacido de un padre blanco y de un pequeño vaso de agua de vida andaluza». Ha nacido en el epicentro de su cultura. En ese cante arrabalero en el que sintió un doble de campanas. Por eso hay que cantarle su aleluya laico, el que dedicó a Mario Maya, sangre de su alianza nueva y eterna con el flamenco. Pues habrá quien diga que Morente huyó del cante hace tiempo. Y se equivoca. A lo mejor es el cante quien huye de Morente. Debe tenerle miedo porque es para temerle. Es tan libre que su anarquía molesta a quienes están cómodos con las cadenas de lo impuesto. Pero el arte no está vallado. Ni tiene más fronteras que las éticas. Y Enrique Morente Sotelo, hasta cuando se abandona por tangos y bulerías cuando ya tiene la papeleta resuelta, es un ejemplo a seguir. No está de moda. Es un clásico. No clausuró la Bienal. Cerró la arquitectura del cante. Ábrase la tierra.

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